Poco después vino papá Lacour, que abrazó a Manón con entusiasmo.

—Eh, Dominica —gritó luego el militar, dirigiéndose a la mujer que había recibido a Manón y a Alvarito—, ven.

La mujer que vivía con papá Lacour era una paleta castellana que el francés había conocido en un pueblo de Guadalajara cuando la Expedición Real a Madrid. Era una matrona gruesa, de cara ancha y juanetuda, ojos azules y voz un poco chillona, de tónica muy alta.

—Esta es mi mujer, y esta es mi sobrina; abrazaos.

Las dos se abrazaron.

—Ahora, Dominica, en la calle no hay que decir a nadie que este muchacho es una muchacha.

—No diré nada, Lacour; no tengas cuidado —contestó ella.

—No dirá nada —advirtió papá Lacour en confianza a Alvarito—; es una mujer que vale lo que pesa y pesa bastante.

Papá Lacour estaba entusiasmado con su Dominica, y, efectivamente, a pesar de que la primera impresión era de mujer ordinaria y basta, se veía en ella, además de muy buen fondo, gran delicadeza de sentimientos.

—Bueno; ahora, querida sobrina, cuenta con detalles lo que ha pasado en tu casa.