Manón contó lo ocurrido con su abuelo.
Papá Lacour escuchó con atención, llamando de cuando en cuando a la muchacha mi pequeño amor, mi encanto y otras frases galantes por el estilo.
—Así son las chicas de mi país —dijo con entusiasmo Lacour—. Capaces de todo: de meterse en la guerra disfrazadas de hombres, de enamorarse y de mandarle a cualquiera a paseo.
Papá Lacour era todo un tipo; su cara parecía incendiada por el sol y el aire, los bigotes erizados como los de un gato, la perilla larga, rubia y entrecana. En su mano velluda aparecía un tatuaje complicado.
Lacour, gran charlatán, gran espadachín y gran borracho, había peleado con Zumalacárregui y con Iturralde al principio de la guerra, y fue él quien preparó la mina que hizo saltar las defensas de Echarri Aranaz, construidas por los liberales. Esta empresa le dio en el campo carlista fama de buen ingeniero. Se dijo después que trató de pasarse a los argelinos liberales del coronel Bernelle, por lo cual no ascendía en las filas de don Carlos.
Papá Lacour hablaba el castellano como un francés con giros vascos.
—Preguntaremos en Estella por el hermano del subteniente Bertache —dijo Lacour a Manón—, y si está en el pueblo nos entenderemos con él.
Después de hablar largo rato, la mujer de papá Lacour preparó la cena y cenaron todos.
Luego, la Dominica llevó a Manón al mejor cuarto de la casa.
—Si no le importa a usted —dijo la muchacha—, yo preferiría que durmiera en este cuarto el joven que me acompaña, que está enfermo. Yo dormiré en cualquier otro lado.