—¿Es el novio de usted? —preguntó la Dominica.
—No; solo es pretendiente.
—¿No le importará a usted dormir en el suelo?
—A mí, nada.
—Pues sacaré el colchón de mi cama al suelo y dormiremos en el mismo cuarto; hoy Lacour está de guardia.
—Muy bien.
Se arreglaron todos para pasar la noche en buena armonía, y hasta Flin Flan y Chorua llegaron a hacer amistades.
A la mañana siguiente se levantó Manón y ayudó en sus quehaceres de la casa a la Dominica. Alvarito estaba un poco mejor de su catarro.
A media mañana se presentó papá Lacour de vuelta de la guardia. Vestía chaqueta gris, pantalón del mismo color, alpargatas, gorra de cuartel vieja, el sable y una bota.
Papá Lacour tenía dos asistentes: el uno francés, a quien llamaban Chandarma, y el otro navarro, Anthica. El oficial y sus ordenanzas eran amigos y se presentaban los tres al frente del enemigo llevando cada uno una bota grande llena de morapio de Navarra o de la Rioja, a la que llamaban el biberón.