Anthica y Chandarma iban todos los días a casa de Lacour a recibir órdenes de la Dominica. Los tres discutían cuestiones de cocina y pensaban la manera de surtir, fuese por la compra o por el robo, la casa del capitán francés.
Alvarito dijo a la mujer de papá Lacour que ellos tenían que participar en el gasto de la casa. La Dominica rechazó la idea, se negó repetidas veces; pero a lo último se arreglaron.
A los pocos días de vivir en Abárzuza, papá Lacour dijo a Alvarito:
—Adviertan ustedes a ese muchacho que han traído de criado que no haga tonterías; le van a tomar por un espía o por un merodeador y le van a fusilar.
Lacour se refería a Ollarra.
—¿Qué ha hecho Ollarra?
—Pues, nada; que como no encontraba pienso para las mulas, no se le ha ocurrido otra cosa que ir a un cobertizo que está de aquí más de dos leguas y ha cargado con un saco de cebada y dos fardos de paja y se los ha traído.
—¿Y no le han visto?
—Sí; le han visto y le han hecho fuego, primero los carlistas y luego los liberales.
—Sí, es un bárbaro.