—Pues adviértanle ustedes lo que le va a pasar.
—Es inútil. No hace caso. Cree que la guerra es una broma.
—¡Qué tipo! Ese sí que haría un buen guerrillero.
Ollarra, siempre independiente y salvaje, con su humor extraño y vagabundo, andaba de un lado a otro cazando y merodeando, y volvía de noche a casa a dormir, como un perro.
Ollarra se iba manifestando borracho y jugador, atrevido y pendenciero. Todo le parecía lícito; si no robaba a Alvarito y a Manón, era porque le gustaba ir con ellos y les profesaba afecto. Además, la confianza que tenían en él, y el dejarle el cuidado de los caballos, le halagaba mucho.
Manón se asustaba de los aspectos peligrosos que iba tomando el carácter de Ollarra.
Encontraba en Ollarra su tipo, o, por lo menos, uno de sus tipos. Aquel joven salvaje, guapo, fuerte, valiente, decidido, sin miedo a nada y a nadie, a quien cualquier empresa le parecía posible, le atraía. Le veía además desdeñoso para todo cuanto fuese sentimentalismo.
Ollarra sentía gran odio por lo establecido. Lo establecido le parecía que se hallaba vigente en contra de él.
Bueno para los animales y para los chicos, a los hombres, y principalmente a los viejos, les profesaba un odio profundo; para él, los viejos usurpaban un lugar en la tierra que no les pertenecía.
Ollarra no sabía nada de nada; pero tenía una idea de severidad y de rigidez curiosa. Todo lo que fuera algo así como inquietud, blandura, sentimentalismo o miedo, era despreciable. De ahí, sin duda, el nombre que había puesto a su perro Chorua (el loco), como reproche a su nerviosidad y a su afecto.