Ollarra tenía un aire paradójico y de doblez, como todo el que es puramente instintivo, no de la doblez maquiavélica pensada, sino de la doblez espontánea. Tan pronto parecía querer como odiar. Nunca se había tomado el trabajo de contrastar sus sentimientos ni de armonizarlos o de ver si alguno dominaba sobre los demás. Se entregaba a la pasión que sentía en el momento, sin pensar en un posible cambio de opinión.

Tipo voluntarioso y arrebatado, quería hacer siempre lo que le daba la gana. Cuando se encontraba con algún obstáculo, enrojecía de cólera, y si lo llegaba a vencer, le brillaban los ojos con aire de orgullo.

Ollarra no tenía ningún sentido social. Quitar el dinero al que lo posee. ¿Por qué no? Llevarse la hija de este o del otro. ¿Si se puede?, decía él. En último término, robar al vecino o destriparle le parecía también lícito. Vivía fuera de toda idea social y de consideración al prójimo, como un perfecto salvaje.

A Manón, en el fondo, le maravillaba. Era una naturaleza indisciplinada y rebelde como la suya, más pura en su salvajismo, menos contaminada por la civilización.

Ciertamente, por días iba tomando cariño a Alvarito, caballeresco y generoso, pero le quería como a un hermano pequeño; en cambio, a Ollarra le admiraba.

IV

LOS EXTRANJEROS

La sociedad de papá Lacour y su mujer era bastante mixta y turbulenta. Solían ir a su casa con frecuencia varios oficiales extranjeros a hablar, a beber una copa y a jugar a las cartas.

En Abárzuza y en las proximidades de Estella había por entonces, al mismo tiempo que compañías del Requeté, gentes extranjeras: austriacos, franceses, alemanes y polacos.

Más que legiones extranjeras, como los liberales, los carlistas tenían cuerpos de soldados de diversos países en sus batallones; de ahí que se reuniera en el Norte una extraña mescolanza de tipos de todas partes.