La mayoría de los soldados de otros países, principalmente los oficiales y sargentos, iban acompañados de mujeres, que les seguían. La suerte de estas no era siempre muy buena: algunas se vieron obligadas a pasar, del campamento liberal, al carlista, y viceversa; otras, consideradas como botín de guerra, fueron adjudicadas al mejor postor.

Entre los amigos del capitán Lacour había uno, un teniente inglés, procedente del cuerpo liberal de Lacy-Evans, hombre amable, hecho prisionero en la batalla de Oriamendi; otro era un polaco muy mentiroso, y el tercero, un sargento francés, a quien llamaban Gamelle, especialista en cazar gatos, guisarlos y comerlos.

Los soldados extranjeros no valían más que los españoles, ni por su cultura, ni por su energía, ni por su moralidad. Realmente, el hombre, acostumbrado a mandar y a obedecer, como soldado, tiene ya para toda su vida una tara mental. Será siempre un hombre inferior y sin recursos. Ningún filósofo ha salido del cuartel, casi tampoco ningún aventurero.

Del cuartel no pueden salir más que burócratas, estúpidos, de cerebro rapado. El soldado, cuanto más se acerca al militar burocrático, es más mezquino, menos inteligente, más ordenancista y más fantoche.

Cuando el soldado es guerrillero, o franco tirador u hombre de partida, entonces puede llegar a héroe y a hombre completo. El soldado moderno no pasa de militar y burócrata; de aquí su inferioridad y su carácter mediocre.

Los argelinos, que con la legión inglesa formaban los tercios extranjeros liberales, en la guerra carlista, eran grandes soldados, pero muy bárbaros y muy ladrones. Se les fusilaba por cualquier cosa. Les mandaba un francés, el coronel Bernelle, que marchaba a caballo en primera fila, con el sable desenvainado, cargando contra los carlistas, y que a veces le acompañaba su mujer, también a caballo, y con un látigo en la mano.

Los extranjeros de las filas carlistas, en su mayoría, no pasaban de ser gentuza de mala índole. Los franceses y los ingleses eran borrachos y pendencieros; los italianos, ladrones y traidores; los alemanes, bárbaros y crueles. Casi todos ellos, y principalmente los alemanes, desertaban con facilidad; la cuestión religiosa y dinástica que se debatía en España no la sentían.

Mostraban los alemanes, con frecuencia, un furor bestial; destructores sistemáticos, si entraban en una casa, en pocas horas la dejaban hecha polvo.

Tenía la suya los caracteres de una brutalidad cósmica, sin objetivo, de algo como una plaga o una peste, muy diferente a la crueldad bien definida y concreta del latino. No era fácil saber cuál de las dos formas de crueldad podía considerarse más repugnante y más odiosa.

Los alemanes se burlaban de la religión de los españoles; cantaban con frecuencia, en su lengua, canciones anticatólicas y sucias, que aseguraban ser sus himnos nacionales.