La gente de los pueblos odiaba a los oficiales extranjeros, y más que nada, a los polacos, orgullosos, fanfarrones, llenos de petulancia, y muy crueles cuando venía el caso.

La crueldad y la maldad de los polacos era proverbial. Así habían sido también en la guerra de la Independencia, cuando vinieron con Napoleón, y entonces, el nombre de polaco, producía horror en las aldeas españolas.

Alvarito y Manón conocieron a los oficiales amigos de papá Lacour. En el alojamiento del francés aparecían muchos tipos de soldados extranjeros, con uniforme raro, cubiertos de tricornios, quepis y chacós; de cara y nariz colorada, con la pipa en la boca. Algunos estaban medio inválidos; otros, enfermos de calenturas, de enteritis, de sífilis y de sarna.

En aquellas reuniones todos rivalizaban en contar mentiras y heroicidades de la guerra. Si no se elogiaban directamente a sí mismos, alababan al Cuerpo donde servían y a sus jefes.

Álvaro y Manón oyeron discutir entre ellos, varias veces, cuál sería el mejor general de don Carlos. Unos, la mayoría, decían que Zumalacárregui; otros, que Cabrera; quiénes afirmaban que Gómez; pero algunos refutaban esta opinión diciendo que la expedición de Gómez había salido relativamente bien por casualidad; también había partidarios de Maroto y de Villarreal. Nadie sabía una palabra de geografía del país en donde se operaba, ni se manejaba un mapa mediano.

Algunos de los extranjeros habían practicado la guerra en otros países, y, por lo que contaban, tenía los mismos caracteres de brutalidad y de maldad que en España.

Uno de los oficiales, aristócrata francés, guapo, bien vestido, de la familia de Brancas, joven realista, hacía la campaña como un vendeano, con la sonriente y amable estupidez del Antiguo Régimen. Brancas sonreía y saludaba como si estuviera en la corte de Luis XIV. Leía a Chateaubriand —este jorobado solemne, el más petulante de los grandes hombres de la época—, y parecía haberse amamantado con el Qu’il mourût, de Corneille.

Una de las veces, al francés se le ocurrió decir a Alvarito que en la guerra no se tenía miedo; papá Lacour, que oyó la frase, replicó vivamente, diciendo:

—Todo el mundo tiene miedo. No he conocido a nadie que no lo tenga, más que a los locos.

—¿Siempre se tiene miedo? —preguntó Alvarito.