—Siempre. Hay momentos en que se pierde el miedo: se distrae, se enfurece uno y se olvida; pero al oír silbar las balas otra vez, se tiene miedo, aunque se disimule.
—Y entonces, ¿cómo se tiene afición a ser militar?
—Ahí está, pues —contestó papá Lacour, con esta frase de vasco, que no quería decir nada—; a pesar del miedo, esto tiene atractivo.
En las reuniones de su casa, papá Lacour bebía con exceso, y después de beber, se dedicaba a cantar, porque creía poseer hermosa voz.
Lo mismo le daban a Lacour las canciones francesas legitimistas, que las republicanas. Cantaba igualmente Partant pour la Syrie que la Carmañola. Naturalmente; no hubiese cantado La Marsellesa porque la hubieran conocido los compañeros.
Este eclecticismo lo extendía a las canciones españolas y a las vascas.
Le gustaba cantar cuando estaba alegre, lo que le ocurría a menudo, el Ay, ay, mutillá; y si pasaba de la alegría corriente a un grado más alto de excitación, entonaba la marcha del Requeté. Como los soldados de aquel batallón iban materialmente cubiertos de harapos, la canción tenía este estribillo:
Vamos andando; tápate,
que te se ve el Requeté.
Para los momentos que le parecían solemnes entonaba una canción de la Dama Blanca, que empezaba diciendo: