Luego contó con orgullo cómo habían matado a siete u ocho enemigos que les estorbaban el paso.

—¡Qué extraña vanidad esta de matar —pensó Álvaro—; cosa, después de todo, tan fácil!

Relataron más hazañas de sus tropas y de su jefe.

—¿Qué van a hacer con nosotros? —preguntó Álvaro, a quien las glorias de don Diego León y de sus soldados no interesaban mucho.

—Tendrán ustedes que venir a Pamplona —contestó el teniente Robles—; pero allá no se les detendrá mucho tiempo.

Habría que ir a Pamplona sin más remedio. A Manón, al parecer, no le incomodaba mucho el trasladarse a Pamplona; quizá alguno de los oficialitos que conversaban con ella no le desagradaba. Álvaro recordó el romance del marqués de Mantua, que aparece en el Quijote, y lo recitó interiormente:

¿Dónde estás, señora mía,

que no te duele mi mal?

O no lo sabes, señora,

o eres falsa o desleal.