a todos visten de nacionales.
¡Alegría, ciudadanos!
¡Viva la Constitución!,
que los tiranos que nos mandaban,
ya no nos mandan, no, no, no.
No parecía que para los soldados ocurriera nada grave ni serio.
Álvaro, al ver este largo convoy, con sus furgones, sus ganados, sus prisioneros y la tropa, pensó también en las estampas de la Nave de los Locos. Así estaban representados en aquellos viejos grabados los hombres y las mujeres, en sus carros toscos, tirados por caballos percherones, que iban al país de la locura.
Así marchaban ellos, aunque no al país de la locura, porque ya estaban en él, a un destino desconocido, presenciando a cada paso escenas dignas de una Danza Macabra y de una Nave de los Locos.
Comieron en medio del camino, y por la noche, al llegar a Puente la Reina, llevaron a los carlistas, entre ellos a Alvarito, a dormir a la iglesia. A los prisioneros carlistas harapientos no faltó quien les cantara la canción del Requeté:
Vamos andando; tápate,