que te se ve el Requeté.
El sacristán, compadecido, probablemente carlista, proporcionó a los prisioneros algunas alfombras, sobrepellices y capas de los curas, para emplearlas como almohadas.
Al ir a dormir Alvarito, se le acercó Ollarra a proponerle la fuga.
—¿Pero y la muchacha? ¿Manón?
—Dejarla.
—Yo no la puedo dejar —replicó Alvarito—. Además, ¿para qué nos vamos a escapar? Nos van a llevar a Pamplona y allí nos pondrán en libertad.
—Yo no quiero estar con estos militares ni un momento —aseguró Ollarra con aire sombrío—; ni con los unos, ni con los otros.
Alvarito se encogió de hombros.
Durmieron en el suelo, y al día siguiente, por la mañana, les sacaron a todos de la iglesia. Alvarito fue a ver a Manón. Había dormido en el carro muy bien.
Se formó otra vez la comitiva, se agregaron nuevos prisioneros y más carros y comenzaron a marchar todos camino de Pamplona.