Al llegar cerca de Legarda, hacia la sierra del Perdón, se hizo alto, y poco después corrió la voz de que cuatro prisioneros se habían escapado, entre ellos Ollarra.

Alvarito lo sintió mucho, porque, no conociendo el país, era muy difícil que Ollarra pudiera escapar.

Salieron a perseguir a los fugitivos varios pelotones de caballería y a las pocas horas los traían atados.

Traían tres de los fugitivos: Ollarra; un tipo de vagabundo, hirsuto, peregrino o ermitaño, a juzgar por su balandrán pardo, lleno de cruces y medallas, y el sombrero grande, con una concha, y un soldado carlista, flaco, moreno y mal encarado. El cuarto, sin duda, había conseguido escabullirse entre los carrascales.

A los tres presos los iban a juzgar en consejo de guerra. Al parecer, los tres se habían resistido y herido gravemente a un soldado.

Ollarra, además, para empeorar su situación, al llevarlo delante de los oficiales, le quisieron registrar; no lo permitió y pegó un puñetazo al teniente en el morrión y se lo tiró al suelo.

En el consejo de guerra sumarísimo condenaron a los tres fugitivos a ser fusilados al amanecer.

Cuando Alvarito se lo dijo a Manón, esta quiso hablar con los oficiales conocidos y con el jefe de la columna, viejo malhumorado, que ni siquiera la recibió.

—Vete a verle —dijo Manón a Alvarito, con voz llena de sollozos.

Alvarito pretendió ver a Ollarra; pero le dijeron que dormía sobre la paja de su calabozo tranquilamente.