La noche fue horrible para Alvarito y Manón. Al amanecer sacaron a los tres presos y los llevaron escoltados hasta un corral, próximo al pueblo.
Era un día precioso, de sol claro y alegre; una mañana espléndida.
Al formar el cuadro, Ollarra reía con inconsciencia extraña; el ermitaño, de mal aspecto, conservaba un aire amenazador y sombrío; el soldado carlista, sostenido por un cura, marchaba cayéndose.
Ollarra estaba tranquilo; saludó, como si no pasara nada, a Alvarito y a Manón, y se puso donde le dijeron, delante de una tapia, silbando y mirando al cielo.
El ermitaño era un tipo repugnante, chato, con barbas negras, espesas, el labio belfo y los dientes puntiagudos.
Estaba atontado.
Al ermitaño le mandaron acercarse a Ollarra, y lo hizo con su aire siniestro; el soldado carlista tuvo que apoyarse sobre la tapia, desfallecido.
Comenzó a tocar un tambor, y un pelotón de doce hombres, con un oficial, se destacó de la tropa y al paso se colocó delante de los presos.
Entonces Ollarra empezó a cantar su canción absurda:
Six sous costaren,