Chipiteguy adquirió carácter de viejo maniático.

A la andre Mari y a la Baschili las reñía a cada paso; únicamente trataba bien a Alvarito.

De Manón hablaba poco, y si algún extraño comenzaba a referirse a ella, cortaba en seguida la conversación. Unas veces daba a entender que la muchacha se hallaba en París en un colegio, otras que estaba en casa de unos parientes.

Alvarito se enteró entonces por primera vez de que una hermana de Chipiteguy, bastante más joven que él, servía desde hacía muchos años de ama de llaves en una familia aristocrática parisiense. Al parecer, la señorita Dollfus tenía gran ascendiente en la casa. Alvarito no sabía sus señas. De saberlo hubiera escrito a Manón, por si acaso vivía allí.

Chipiteguy pasaba horas y horas en sus almacenes, en donde aún quedaba mucho género. A veces, aunque pocas, pedía a Alvarito que le ayudase.

Mientras el viejo revolvía todas sus antiguallas, se dedicaba al soliloquio. Alvarito le escuchaba con gran interés. Muchas veces el viejo le daba la impresión de un sonámbulo o de un loco.

Un día le encontró sentado registrando unos cajones y con un gran cesto delante.

—Haremos liquidación de todo —mascullaba el viejo—: cruces..., insignias de estos miserables, Orleans y Borbones que son capaces de vender a su pueblo y a su madre... al cesto... ¡Hem! ¡Hem! paparruchas teatrales de Bonaparte y compañía... al cesto... Uniformes, espadines, tricornios y bonetes de cura..., al cesto. Es lo que debía hacer la sociedad, coger los trastos de la religión y de la Monarquía y echarlos a la basura. ¡Hem! ¡Hem! Es donde debían de estar... pero esto haría la sociedad si tuviera sentido común... ¿y cuándo la sociedad y el hombre han tenido sentido común? Nunca, ¿y cuándo la tendrán? En el mismo tiempo. Es decir, nunca jamás. Es como yo. Igual que yo. ¡Hem! ¡Hem! ¿Quién anda ahí? ¿Anda ahí alguien?

El viejo se levantó, miró por los rincones del almacén, se asomó a la puerta y volvió a sentarse.

—Parece que no hay nadie —murmuró medio gruñendo—. Sí, la sociedad es como yo. Yo le he dicho a mi nieta: Manón, no me escribas, no te ocupes de mí. Tienes que vivir en una sociedad estúpida, que si sabe que eres la nieta de un trapero, te lo echará en cara y te despreciará. Pues bien, que no lo sepan esos miserables. No te ocupes de mí, olvídame. ¡Hem! ¡Hem! ¿Y ella que ha hecho? Ella ha tomado al pie de la letra la recomendación y no se acuerda de mí que la quiero con toda mi alma y no me escribe. Ah, ¡viejo imbécil! ¿De qué te ha servido la experiencia? ¡Hem! ¡Hem! ¿No sabías que las mujeres son así, crueles, indiferentes, duras para los débiles y humildes para los fuertes? ¿Es que creías que tu nieta iba a ser una excepción a la regla? Lo que te pasa es justo castigo a tu imbecilidad. ¡Hem! ¡Hem! Podías haber pensado en ti antes que en ella y entonces ella te hubiera contemplado, te hubiese mirado como a un viejo amable, con quien hay que ser cariñoso. Se hubiera casado con algún buen muchacho, como Alvarito y hubiéramos sido todos felices. Pero las ambiciones nos han perdido. Yo las tenía por ella y para ella. Me he permitido la estupidez de ser generoso, de no pensar más que en ella. ¡Hem! ¡Hem! Ahora sí creo que anda alguien. ¿Qué diablos me quieren? ¿Quién me busca? No, pues no hay nadie, será alguno en la calle que grita o algún carro que pasa.