Chipiteguy había andado tres meses en España de un lado para otro, maltratado por sus carceleros.
En Almandoz, el sacristán, que le vigilaba, le reprochaba a cada paso el sacrilegio de haber robado las cruces de las iglesias y le hablaba constantemente del infierno, que le esperaba muy próximo, porque le quedaba poco tiempo de vida. El se justificaba diciendo que le habían encargado de llevar las custodias a Francia, y aseguraba que sus enemigos no querían más que sacarle dinero. Cuando llegaba Malhombre, le amenazaba.
De Almandoz, Chipiteguy fue llevado a Zugarramurdi, y allí le tuvieron una semana metido en la cueva de las Lamias, en compañía de unos prisioneros liberales, la mayoría muchachos jóvenes.
De Zugarramurdi, trasladado a Urdax, vivió varias semanas, enfermo y muy miserablemente, en un granero, hasta que Gabriela la Roncalesa le montó en un mulo y lo llevó en distintas etapas hasta un pueblo del Roncal y desde allá pudo entrar en Francia.
Chipiteguy quiso que Alvarito volviera a su casa.
—Pero si ha cerrado usted la tienda y no hay nada que hacer —dijo Alvarito—. ¿Para qué quiere usted que esté aquí?
—No importa, ven; todavía tenemos que hacer. Además vivirás conmigo.
El viejo mandó a la andre Mari que pusiera el cuarto de Alvarito en el segundo piso, y como si estuviera más contento que de ordinario, entonó su canción de bravura, Atera, atera; pero la voz, cascada, temblaba al cantar.
Desde que el viejo Chipiteguy volvió de su cautiverio de Urdax se encontraba enfermo y malhumorado. La gota exacerbada le producía grandes y agudos dolores; sufría con los cálculos, le ahogaba la tos y se quejaba de todo.
Su suspicacia había aumentado de tal manera, que la menor cosa le producía desconfianza.