Su hermana le contaba las últimas noticias de Bayona. Manón le había escrito varias veces a la Ciudadela, sin recibir respuesta. Manón preguntó después en Pamplona por Álvaro y le contestaron que se encontraba bien. Manón, probablemente ofendida con Alvarito por su silencio, aceptando la proposición de su abuelo, se había marchado a un colegio a París.
Alvarito se desesperó. ¿Por qué causa no recibió las cartas? Pensó en averiguarlo; pero ya, ¿para qué? El mal estaba hecho. Alvarito se sentía fatalista y deprimido.
—Es el Destino —se dijo a sí mismo.
Al recuperar las fuerzas volvió a Bayona. En casa le encontraron muy flaco y muy triste.
Su hermana Dolores le contó cómo Manón, preocupada con su silencio, había llegado a creer, sin duda, que él tenía algún motivo contra ella y que por eso no la quería escribir.
Alvarito se desesperó.
—¡Qué se va a hacer! —se dijo—. Es el Destino adverso.
Días después, Álvaro recibió una de las cartas de Manón, que venía devuelta, y en cuyo sobre estaba borrado Pamplona y puesto Menorca. ¿Quién podía ser el autor de esta mala obra? ¿Qué causa podía tener de enemistad contra él? No lo comprendía.
Al día siguiente, Alvarito fue a la casa del Reducto y Chipiteguy le recibió conmovido y le abrazó llorando. El viejo parecía más débil, más impresionable y más sentimental que antes.
Se contaron sus respectivas aventuras.