—¿Qué le importará que sea regente el uno o el otro? —pensó Alvarito— probablemente todo ha de seguir igual. ¡Cuánto más importante sería que me diera noticias de Manón!
Álvaro se despidió de don Eugenio, desilusionado.
En aquellos días se encontraba Aviraneta en plena actividad, en el dominio de todos los hechos necesarios y de todas sus facultades; las disposiciones que daba a sus agentes eran claras y precisas, sin vaguedades ni confusiones.
Conocía el tablero en que tenía que jugar la partida, conocía a los enemigos y a los suyos; sabía sus cualidades y defectos, sabía excitar su vanidad e insinuar sus propias ideas a los demás.
Pocos días después de la marcha de Roquet, cuando Aviraneta suponía ya inoculado el virus de la rebelión entre los carlistas y marotistas en Navarra a consecuencia del Simancas, don Eugenio comunicó sus instrucciones a los comisionados de la línea de Andoáin para que allí se hiciera campaña a favor de Maroto, desacreditando a don Carlos y ganando el espíritu de los sargentos a favor de la paz.
Por entonces se volvió a presentar de nuevo Gabriela la Roncalesa en Bayona y fue a casa de don Eugenio a darle noticias y a pedirle instrucciones.
Aviraneta preguntó dónde estaba Bertache. Ella le dijo que en aquel momento debía encontrarse en Elizondo.
—Entonces lo mejor sería que fueras a verle.
—¿Qué le digo?
—Dile que siga haciendo propaganda en contra de Maroto y de los demás generales castellanos y que cuando el coronel Aguirre, que está en San Juan de Pie del Puerto, dé el aviso, intente arrastrar a todos los sargentos y soldados de influencia del 5.º de Navarra para que se subleven. Iturri el posadero será el encargado de enviar a Bertache el dinero que se necesite.