—Bueno —dijo Gabriela—. Pasado mañana estoy aquí.

Al mismo tiempo que a Bertache se envió dinero a García Orejón, a Zabala y a otros para que provocaran la insubordinación de los batallones navarros.

A los tres días Gabriela volvió. Se había visto con Bertache en Elizondo y este necesitaba instrucciones, porque según él los acontecimientos se precipitaban.

Gabriela dio nuevos informes a don Eugenio. Bertache y la mayoría de los oficiales y sargentos del 5.º de Navarra estaban repuestos del espanto producido por las primeras medidas de Maroto. Se hallaban dispuestos a entablar la lucha contra el general francamente.

Respecto a García Orejón, perseguido por Maroto, se había refugiado en el pueblo de Gabriela en el Roncal.

—¿Qué piensas hacer ahora? —preguntó don Eugenio a la Roncalesa.

—Voy a volver.

—Bueno, pues diles a Bertache y a los demás que se sabe positivamente que Maroto está ya en tratos con los cristinos.

—¿Sí?

—Sí, su plan consiste en entregar a don Carlos y a la familia real al general Espartero que fue compañero suyo.