—Mejor sería que escribiese usted todo eso.

Aviraneta lo escribió. Les inducía a los oficiales a desacreditar a Maroto por todos los medios y a trabajar en ganar los sargentos y en ponerse a la defensiva. Aviraneta explicaba lo ocurrido y lo que iba a ocurrir y como los antiguos avisos suyos se cumplieron, los nuevos se consideraron como indudables. Al parecer, los oficiales y sargentos, al saber las noticias, manifestaron gran indignación contra Maroto y se prepararon a defenderse.

Gabriela volvió del campo carlista rápidamente con recado verbal de Bertache. El oficial del 5.º de Navarra pensaba que don Eugenio había adivinado desde hacía tiempo los planes ocultos de Maroto: todos los jefes y oficiales de los batallones navarros ya alarmados por los fusilamientos de Estella y la expulsión de los personajes del Cuartel Real, se veían amenazados por un desastre y estaban dispuestos a intentar algo contra Maroto, más les faltaba dirección y jefe.

Bertache esperaba que Aviraneta le indicase inmediatamente qué debían hacer. Unos días después Aviraneta tuvo una conferencia en Bayona con Duffeau, el secretario de Maroto, y por él supo que Espartero y Maroto estaban en negociaciones para hacer la paz.

¿En qué condiciones? ¿Sobre qué bases? Eso es lo que no pudo adivinar.

Duffeau era un jefe de batallón francés. En otoño de 1838 se presentó en el cuartel general de Maroto, a donde llegó sin recomendaciones y sin dinero.

Maroto, brusco con los extranjeros, se negó varias veces a verle; pero al fin le vio, conferenció con él y le hizo su secretario particular.

Duffeau se puso en relación con el intendente Arizaga, hombre listo, corrido y cínico y entre los dos empujaron a Maroto hacia el convenio.

III

ROSA, DOLORES Y MANÓN