Alvarito dio un paseo por el pueblo antes de retirarse a la posada.
Medinaceli le pareció pueblo frío, de alrededores pelados, con montes a lo lejos, de extrañas siluetas.
Hacía día de viento seco y polvoriento.
Álvaro vio el arco romano, que la gente llama el Portillo; la torre de la parroquia, convertida en baluarte, y en el cementerio, resto de una fortaleza, con grandes muros exteriores y matacanes, contempló las maniobras de una rata, sin duda antropófaga, que corría por entre las tumbas abandonadas.
Luego pasó por delante del Humilladero y recorrió el paseo de la Luneta contemplando el paisaje. El cielo se presentaba gris, el horizonte turbio, las nubles blancas y pesadas. Aquella tierra le pareció a Alvarito más triste y más desolada bajo la atmósfera sin transparencia y la polvareda que venía en el aire.
A lo lejos se oían los tañidos de una campana, melancólicos y angustiosos.
Después de separarse del señor Blas, Álvaro se sentía más solo y más triste.
Pensó que su espíritu se mostraba en aquel momento con un color parecido al del ambiente; gris, descolorido. En este cuadro gris oía sonar en sus oídos la voz de la monjita novicia de Almazán, tan graciosa y de tan infantil pedantería. Se sentó en un banco y sintió frío.
Las ráfagas de viento le traspasaban el cuerpo. Se dirigió a la posada a calentarse al lado del fuego.
Le contaron en la cocina cómo Cabrera, a mediados de la guerra, penetró en el pueblo; cómo fingió prender al obispo de Pamplona, confinado allí por el Gobierno de la Reina por sospechoso, y le mandó con escolta a la corte de don Carlos.