La posada aparecía como un zaguán negro y prolongado por un pasillo también negro.
Los arrieros iban y venían, llevando el pienso a sus mulas, alumbrándose con un candil.
Los domingos, esta llegada al anochecer al pueblo desconocido era más triste aún. Algunas muchachas, ataviadas de día de fiesta, aparecían en la carretera; en los corrales jugaba la gente a las cartas; grupos de hombres se amontonaban a las puertas de las tabernas; algunas parejas paseaban en la plaza; había rumores de guitarras, gritos en las callejuelas y retumbaban las campanas a cada paso.
Luego, fuese día de labor o de fiesta, la noche era grave, triste y silenciosa. Corría un vientecillo helado y de tiempo en tiempo se repetía el canto melancólico de los serenos.
VII
FERIA EN SIGÜENZA
El arriero con quien fue Alvarito de Almazán a Medinaceli no era hombre amable y jovial como el señor Blas, sino, por el contrario, malhumorado y antipático. Quiso explotar al viajero, cobrándole más de lo justo; pero Álvaro se resistió con energía y con tranquilidad, y, a pesar de las amenazas embozadas del hombre, no pagó más que lo ajustado.
Vio Alvarito claramente que el consejo del señor Blas de no ir nunca a ninguna parte sin amistades era bueno y comprendió cómo no le convenía marchar solo por aquellos pueblos. Valía más ir despacio que no exponerse a ser engañado o robado.
La persona a quien le recomendó el señor Blas en Medinaceli era un botero. Al ir a visitarlo, Alvarito no lo encontró, y en la botería le dirigieron a un hombre, dueño de una tiendecilla con baratijas, estampas, marcos y objetos de escritorio.
El comerciante le recibió con estúpida e injustificada suspicacia, como si no quisiera dar las palabras de balde, cosa que tan poco vale en España, y lo único útil que le dijo fue que el camino estaba seguro, que podía marchar en un carro hasta Sigüenza, pues iban a esta ciudad arrieros, sobre todo los miércoles y sábados, que eran días de mercado.