El río, como un espejo, reflejaba el cielo, entre cerros parduscos, y volvía a aparecer después en la amarillez del campo.

Al caer de la tarde, el labrador, arando con sus mulas o con sus bueyes en la soledad, tomaba aire solemne, y al destacarse a contra luz se le veía, como a las yuntas, gigantesco.

Los pastores llevaban a beber a sus rebaños a los arroyos, y mientras las ovejas se desparramaban en la barrancada del río, el pastor y el zagal las vigilaban inmóviles, en su actitud triste y misteriosa.

Luego venía el alargarse las sombras y la fantasmagoría de los crepúsculos; venía el horizonte de naranja y de grana; las nubes, incendiadas, como islas de metal fundido; los archipiélagos de fuego, los peces grises, las ballenas y los dragones.

La luna llena aparecía sin color en un cielo pálido, azul, con alguna nubecilla opalescente; otras veces salía enorme por encima de una loma, como una cara inyectada, y otras se presentaba de improviso en lo alto con aspecto de piedra helada y rota.

Las humaredas tenues brotaban de las chimeneas de los pueblos, metidos en las hondonadas, y estas humaredas flotaban en el aire, se complicaban con la frialdad y con la negrura de la noche y se convertían en nubes.

Luego comenzaban a brillar las estrellas. Al acercarse al pueblo en donde se había de dormir, se amontonaban en confusión los carros y las recuas, los labradores montados en burros y las mujeres jornaleras; en los caminos, llenos de barrizales. El viajero sentía la angustia y el temor de entrar en la posada.

—¿Qué me deparará la suerte? —se preguntaba.

Dentro del pueblo, el viento, frío, comenzaba a soplar por las encrucijadas.

En la calle pedregosa pasaban las mujeres, llevando cántaros en la cabeza, riendo y hablando en alta voz.