Los labradores salían con arados y yuntas; algunos burros, con sus serones, atados a las rejas, miraban con ojo observador; recuas de mulas aguardaban a la puerta del mesón, y la diligencia, desmantelada y polvorienta, esperaba en la plazoleta o en la rinconada a que un mozo le quitara el barro, echándola cubos de agua.
En las calles del pueblo sorprendía el aroma de la retama y de la jara, salido de los hornos de cocer el pan, y el olor de orujo de las alquitaras.
Luego, al comenzar a marchar por la carretera, si se quería echar una última mirada al pueblo, se le veía dorado al sol, con la torre de la iglesia triunfadora; los tejados, las azoteas y las guardillas, brillantes e incendiadas...
Avanzaba la mañana; se cruzaba con galeras y con recuas por el camino polvoriento; rebaños de ovejas blancas y negras se esparcían por el campo.
Al mediodía, el sol, en el cénit, brillaba con todo su esplendor. Era difícil encontrar una sombra para descansar. Se comía, se tendía un momento a mirar al cielo y se experimentaba como la embriaguez del abismo azul. Se sentía sed de beber el espacio, envidia de las águilas, viajeras solemnes de las alturas.
Cuando el calor apretaba, el aire parecía vibrar en los contornos de los montes y de los árboles. Los cuervos pasaban graznando y las urracas volaban y saltaban, agitando su larga cola.
Por la tarde, el dorado del campo se acentuaba y las sombras comenzaban a alargarse. El castillo, en la punta del cerro, amarilleaba; la silueta borrosa del pueblo, en la falda de una colina, con su espadaña, se esfumaba en la vibración de oro, tembladora de la luz. Los arroyos de agua medio estancada, blanco verdosa, brillaban en alguna presa, y los chopos, unos con aire de plumeros erizados, otros torcidos y sin ramas, como grandes látigos, bordeaban sus orillas.
Avanzaba el día y el sol iba declinando. El campo, en los cerros pedregosos, parecía de corcho; la tierra mostraba sus entrañas más sangrientas a la luz de la tarde. La línea de los montes lejanos, bajos, largos, grises; la ola de piedra de la antigua hondonada, límite de un lago, en otro tiempo, iba quedando azul.
Los pastores, harapientos, con sus anguarinas y sus mantas pardas y negras y sus cayados blancos, aparecían en actitudes inmóviles y reposadas.
Las lomas grises, pedregosas y áridas, tomaban color de cobre, y sobre el cobre y el oro viejo de las colinas se destacaban los riscos como castillos ciclópeos, amarillos y rojos, formados por calizas coloreadas.