VI

PUEBLOS Y CAMPOS DE CASTILLA

Hay en España tierras sin más variedad que la variedad de color de las estaciones y de la luz del cielo; no hay en ellas dibujo, no hay accidentes; son como el mar, como el desierto; sugieren ideas de misticismo, de unidad, de monoteísmo. En primavera verde claras, en el verano verde más oscuras, son en el otoño doradas y en la época del barbecho negruzcas o rojas.

Sobre su extensión monótona vierte el cielo unas veces la luz de un azul uniforme, otras el resplandor de sus nubes blancas y la claridad cernida del horizonte encapotado. Toda su variedad proviene del contraste entre el color del suelo y el color del aire.

La tierra recorrida por Alvarito no era igual, ni monótona ni uniforme; no semejaba a un mar de distintas entonaciones, según la luz; era una región convulsa, violenta, con dibujo caprichoso y siempre distinto; un terreno vario de forma y de color, verde y gris y con las entrañas teñidas de ocre.

El fondo del horizonte lo cerraba con frecuencia una línea de montes bajos, largos, grises; una ola de piedra en la juventud del planeta, que limitó después seguramente la hondonada de algún gran lago.

Al marchar en su camino, el viajero veía sucederse valles de tierra fértil, montes con matorrales y con encinas, cerros grises, áridos, plomizos, con vetas amarillas y bermejas y laderas blancas y yesosas.

Tras de la aridez, tras de los terrenos con aire estéril, como sembrados de sal por alguna maldición bíblica, tras de las ramblas con juncales y los descampados llenos de piedras y de espejuelos, con algunos pobres cardos secos, venía la tierra cultivada y el olivar triste y dramático; tras de los montes erosionados en cárcavas profundas, las huertas a orillas de un arroyo; tras de los cerros secos e infecundos, los campos cuadriculados, los rectángulos, de un verde luminoso, del trigo y de la cebada.

Alvarito recogía con cariño las impresiones de aquella tierra áspera, violenta y cambiante.

Por la mañana, al levantarse y al prepararse para salir de la aldea, cantaban los gallos en los corrales, sonaba la campana de la primera misa, corría vientecillo frío y sutil y el sol doraba las piedras del cerro próximo, como si las pusiera candentes.