En el locutorio, grande y blanqueado, con tres ventanas altas y enrejadas, colgaban en las paredes cuadros negros y, en medio de un testero, un crucifijo. Alrededor había varios sillones fraileros y sillas de cuerda de esparto; en el suelo, ruedos blancos. Olía allí a húmedo, a cerrado.
De pronto se abrió la puerta y apareció la superiora, Sor María de los Ángeles, con la sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, todavía novicia.
La superiora vestía hábito gris oscuro, toca blanca, un cordón también blanco en la cintura, velo negro en la cabeza, sandalias y un escudo de la Concepción en el pecho. Era gruesa, de cara que parecía de cera, los ojos negros y una sombra de bigote sobre el labio.
La sobrina del señor Blas, la hermana Visitación, llevaba velo blanco alrededor de la cabeza, sin duda distintivo de su noviciado. La hermana Visitación era agraciada y gentil. Se adivinaba tras de su hábito un cuerpecito esbelto y bien formado.
El señor Blas contó a su sobrina las peripecias de su viaje con Alvarito y le instó a este para que explicara sus impresiones de la guerra.
Alvarito relató sus aventuras con sencillez, narró lo visto por él, recalcando los detalles crudos. La novicia hizo reflexiones acerca de la barbarie, de la sensualidad y de las pasiones de la gente, entregada al mundo, al demonio y a la carne. Se oía con gusto su voz dulce, suave, y si a veces se le podía reprochar cierta tendencia a la petulancia y a la pedantería, quedaba como velada por su gracia natural.
Luego, incitada por la madre superiora, mujer un poco absurda, que deseaba se luciese su novicia, la chica recitó de memoria capítulos enteros de Los Desengaños Místicos, del padre Arbiol.
Toda aquella sabiduría amanerada, de confesor, en estilo académico y florido, en boca de una muchachita aldeana, en aquel convento triste, tenía aire tan absurdo y antinatural, que Alvarito contempló a la vieja superiora y a la novicia, pensando si a alguna de las dos, o a las dos, se les aparecerían de repente los cascabeles de la Dama Locura de La Nave de los Locos. Se despidieron de las monjas.
El señor Blas condujo a Álvaro a casa de un arriero para que le llevara a Medinaceli y le recomendó a un comerciante de este pueblo.
Al día siguiente, por la mañana, el joven Sánchez de Mendoza paseó, contemplando el mirador del convento y pensando en la gentil novicia y en su mística sabiduría. Fue luego a despedir al señor Blas, quien le apretó efusivamente la mano y emprendió su camino.