El señor Blas y Alvarito entraron en el convento, pasaron a un patio empedrado con losas y un corredor blanco.

Al entrar en el locutorio, sonó la esquila y cuatro o cinco religiosas salieron escapadas por una puerta, con un ruido de faldas que daba la impresión de una fuga de fantasmas.

—¡Qué brujas! —dijo el señor Blas, y murmuró después:

Aleluya, aleluya,

padre vicario,

que se suben las monjas

al campanario.

Luego, sentándose en un sillón antiguo e indicándole otro a Alvarito, añadió:

—Siéntese usted; las monjas se escapan, pero están deseando que se venga a visitarlas. Algunas son muy alegres.

A Alvarito no le dieron semejante impresión. Las caras que vislumbró tenían un aire de estupor petrificado, duro e inexpresivo; como si la vida, retirándose de aquellos rostros, solo dejara una máscara helada. No había en conjunto en la casa más que siete u ocho monjas.