—No sé; aquí le llaman únicamente el palacio.

En la calle preguntó a dos o tres, y nadie lo sabía ni tenía la menor curiosidad por ello.

Alvarito sacó en consecuencia que en la mayoría de los pueblos de España no quedaba aristocracia, o que, si quedaba, nadie se cuidaba de ella. Realmente los pueblos vivían como si la aristocracia no existiera.

Notó el señor Blas, el mantero, que Alvarito no era recibido en su casa amablemente, y le dijo, sin duda como compensación, que le llevaría al convento de Santa Clara para presentarle a su sobrina.

—Le gustará a usted —añadió.

—¿Pero, cómo, es una monja?

—Sí.

—¿Y quiere usted que me guste?

—Hay que entender; no digo que le guste para que le haga usted el amor, sino para hablar con ella.

El convento de religiosas de Santa Clara, en Almazán, no muy grande, estaba muy bien situado y tenía una hermosa huerta y balcones y galerías que daban al río.