El señor Blas quiso hospedar a Alvarito en su casa; pero el muchacho se negó a ello. La familia del mantero no parecía tan abierta y tan expansiva como él; sin duda este era hombre de mejor pasta y, además, los viajes le habían dado un carácter de libertad y benevolencia. Alvarito fue a la fonda.

Comió y después marchó a dar un vistazo por la ciudad.

Almazán, con sus murallas, al lado del Duero, con su hermosa plaza con soportales, sus puertas, sus cubos y torreones, presentaba agradable aspecto. Vio las iglesias, el palacio de la plaza, de sillería roja; anduvo por la parte alta del pueblo, metiéndose por las callejuelas. Contempló las casas de adobes, torcidas y derrengadas, de color arcilloso las tapias de los corrales, con bardas de ramas revocadas con manteo de barro y paja.

Luego salió por una puerta al puente, cruzó el río y se alejó un poco para contemplar la ciudad en conjunto.

Enfrente aparecía el pueblo con varios campanarios puntiagudos, la parte de atrás de un gran palacio de piedra amarilla y la muralla dorada. Desde el muro bajaba un talud verde hasta el río y se veía una alameda, de follaje nuevo, brillando al sol. Por el puente pasaban algunos carromatos y recuas de mulas y de caballos que llevaban los chicos a beber al río.

Un viejo de anguarina parda le pidió limosna. Alvarito le dio una moneda de cobre y le hizo algunas preguntas. El viejo, idiota o escamón, no quiso contestar, y Alvarito volvió al pueblo y entró en casa del señor Blas.

El mantero no sabía nada de la ciudad. No le interesaban, ni las iglesias, ni lo arqueológico.

—Y en ese hermoso palacio de la plaza, ¿quién vive? —preguntó Álvaro.

—Ahora, no vive nadie —le contestó el mantero.

—Pero, ¿de quién es?