—Así se llamaba por lo menos antes.
—¡Demonio!
—¿Le da a usted miedo?
—No mucho; ¿y a usted?
—A mí, tampoco gran cosa.
—¿Es que había duendes en esta posada?
—Allá donde vive alguna viudita alegre y guapa, o alguna muchacha ligera de cascos, siempre se dice que aparecen duendes; pero en estos campos, desde que la gente usa escopetas, ya no hay duendes.
Entraron en la venta, llevaron las caballerías a la cuadra y fueron a la cocina, donde lucía gran fuego, y sobre una pala de hierro, teas de resina para alumbrar, que echaban humo irrespirable. Cenaron, se tendieron a dormir en el pajar y se despertaron muy de mañana con las voces de uno que gritaba:
—¡Eh!, arrieros, a levantarse, que está amaneciendo.
Se presentó un día hermoso de sol; montaron en sus mulas y, sin darse prisa y descansadamente, llegaron a Almazán para la hora de comer.