Alvarito creía que solo en Aragón llevaban los hombres este zorongo, resto del turbante; pero, sin duda, la morería en España ocupó una zona de acción más extensa de lo que él pensaba.

Las mujeres traían varios refajos de campana, hechos con bayetas rojas y amarillas, y algunas se echaban uno por encima de la cabeza.

En las puertas de las posadas se agrupaban burros blanquecinos, con aire de viejos sabios, cubiertos con sus albardas. Subían hacia el pueblo arrieros, con recuas de seis o siete mulas, de aire cansado. Entre la multitud correteaban, muy vivos y animados, los estudiantes de cura, con su hábito y su tricornio.

Álvaro entró en la catedral; le pareció enorme, majestuosa. Le produjo verdadero asombro. En un reborde de poca altura, a todo lo largo de la nave lateral y del triforio, había una fila de sillas y de reclinatorios, verdes y rojos. Algunas pocas viejas rezaban, arrodilladas, bisbiseando.

En el fondo de una capilla se veía una puerta abierta, con dos escalones para subir. La capilla parecía llena de misterio. En el altar había abierto un libro rojo. Vio también Álvaro, en otra capilla, la estatua funeraria de un doncel leyendo un libro.

Era del sepulcro de un comendador de Santiago, muerto por los moros en la vega de Granada.

Álvaro oyó un sermón sorprendente. El predicador, cura joven, se esforzaba en exponer un tema de teología oscuro, propio de Seminario. Para aclarar sus conceptos, que ninguno de los fieles, la mayoría pobres aldeanos, entendían, soltaba de cuando en cuando frases en latín de algún padre de la Iglesia.

Con un poco de malicia se podía pensar que el predicador se burlaba de la gente. A Alvarito le vino la idea de que por encima de la tonsura del sacerdote iban a aparecer los cascabeles de la Dama Locura.

Casi lo temió, un momento, pero se tranquilizó pronto; sin duda el cura no se daba cuenta de lo lejos que andaban sus tiquis miquis oratorios de la imaginación de los fieles, o si se daba cuenta, no le importaba gran cosa, y, en medio de sus disquisiciones metafísicas, no pensaba más que en la buena comida que iban a servirle en casa del deán.

Alvarito salió de la catedral. Fue a la posada, comió sin gran perfezión, el parador de la calle Travesaña no legitimaba su letrero, y salió a la calle. Estuvo contemplando la Plaza Mayor, con sus casas antiguas, algunas con las piedras carcomidas. El pueblo parecía poca cosa al lado de su iglesia y como si se hubiese construido solo para legitimar la catedral.