Callejeó y se alejó del centro hacia el castillo. Algunas viejas hilaban en los portales. La tarde estaba fría; el cielo, azul, con algunas nubes grises y blancas; el sol, muy amarillo, iluminaba las torres y los remates de las casas.

En todas las calles se veían edificios desplomados, que, sin duda, no se había tratado de restaurar. Volvió a la Plaza Mayor. Mendigos llenos de harapos, de calzón corto, con largas greñas y tufos por encima de las orejas, le importunaron. Uno de ellos, vagabundo, con aire amenazador, ennegrecido por el sol y la lluvia, le persiguió largo rato; otro, un viejo, con sombrero alto, cayado en la mano, abarcas, anguarina llena de remiendos y una alforja en el hombro, le agarró del abrigo.

Se deshizo como pudo de los pedigüeños y entró de nuevo en la catedral. Ahora cantaban vísperas. Alvarito no las había oído nunca. Era algo terrible y solemne, con ese aire de majestad y de venganza de los cultos romanos y semíticos. En aquella enorme iglesia, helada, aquellos cantos le dejaron sobrecogido. Salió al claustro y después a una gran terraza con una verja, con puertas de hierro monumentales.

Después bajó al paseo del pueblo, a la Alameda, y se sentó en un banco, al sol, cerca de una estatua de piedra de un hombre arrodillado.

Pasaron algunos estudiantes de cura en fila, con su manteo y su tricornio.

Unos chiquillos, que andaban jugando, comenzaron a gritar: ¡Cua!, ¡cua!, ¡cua!, imitando el graznido de los cuervos.

Alvarito quedó asombrado ante esta manifestación anticlerical de un pueblo de clerigalla, del que decía un cantar satírico que todos sus habitantes eran hijos de frailes y de curas.

—A veces parece que ya no va a haber religión en España —se dijo—; a veces parece todo lo contrario. Realmente, mi país es un tanto enigmático.

Comenzaron a doblar las campanas; al cesar estas en su sonido se oía el murmullo del arroyo. Alvarito veía a un lado y a otro lomas rojizas, sangrientas, y otras de color de ocre. El sol comenzó a ponerse sobre los árboles del paseo, coloreados por el fuerte verdor de las hojas nuevas.

Alvarito se dirigió al centro del pueblo, frío, helado, desierto, y después a la posada. Luego, buscando un sitio en donde charlar, se metió en la cocina.