Allí, además de un viejo, padre de la posadera; del prestidigitador Merlín y de su criado, se calentaban a la lumbre el sacristán y un estudiante de cura, con su tricornio destrozado y el manteo hecho jirones.
Alvarito preguntó por las ideas y costumbres del pueblo, y el sacristán, un hombre pequeño, le dijo:
—Aquí, todo el mundo, gracias a Dios, es carlista.
En Sigüenza habían entrado, al principio de la guerra, Balmaseda con su gente y después Cabrera y Quílez.
El sacristán carlista, a quien llamaban de apodo el Feotón, porque era de familia de feotas, tenía unas opiniones bastante raras para todo el mundo y hasta para un carlista de Sigüenza.
Habló de un pasquín, que él conceptuaba muy ocurrente, puesto hacía años contra María Cristina en la puerta de la catedral, que terminaba así:
«Fuera esa vil mujer y que se vaya a su país a soldar calderas».
El Feotón sabía quién redactó el pasquín; pero no quería decirlo.
Era curiosa la idea de los carlistas sobre María Cristina. La llamaban la calderera, la piojosa, la zarrapastrosa, y probablemente, gente de buena fe, creía que, en su tierra de Nápoles, María Cristina anduvo con algún oso o con algún mono tocando la pandereta.
A don Carlos lo consideraban como un héroe; los liberales eran, naturalmente, todos masones y vendidos al diablo; los extranjeros, hambrientos y miserables, que no conocían el pan blanco. Creían también que ellos engrandecerían a España restableciendo la Inquisición y las fiestas religiosas, terapéutica sencilla y fácil de llevar a la práctica.