Ciertamente se comprendían algunas de sus ideas; por ejemplo, su mala opinión acerca de María Cristina. Aquellos buenos españoles, acostumbrados a ver desde lejos en el rey una persona respetable y casi santa, se encontraban de pronto gobernados por una extranjera, que se enredaba además con un guardia de corps, hijo de un estanquero.

Cierto que tales contubernios no eran nada raro en los Borbones para el que vivía cerca de ellos. Estos buenos Borbones siempre se distinguieron por su rijosidad y parte por su estupidez y su mala fe, a pesar de lo cual produjeron siempre, sobre todo en los franceses, un gran entusiasmo. Había que reconocer que nunca se había llegado hasta entroncar públicamente con el estanco como en la época de María Cristina.

El viejo contó cómo en el invierno de 1812 Espoz y Mina venció en Sigüenza a los franceses, mandados por el general Abbé, y cómo un mes después, en el Rebollar, fue sorprendido el Empecinado por los franceses del general Guy, que llevaban como jefe de Estado Mayor a don Saturnino Abuín, el Manco, antiguo segundo del Empecinado, pasado a los franceses. Don Saturnino derrotó a su antiguo jefe y le hizo perder mil doscientos hombres.

El Empecinado estuvo a punto de caer prisionero y se salvó echándose a rodar por un barranco.

Alvarito pudo notar que para los carlistas intransigentes, como para el Feotón, los héroes de la guerra de la Independencia no eran simpáticos, porque para ellos el mérito máximo consistía en defender, no España, sino el trono y el altar, sobre todo el altar.

Alvarito se acostó cerca de la media noche y se despertó tarde. Una chica cantaba a voz en grito y unos burros rebuznaban escandalosamente. Se vistió y fue a la calle. En la plaza había mucha gente.

Quedaban todavía restos de la feria, y entre los puestos de pucheros y de baratijas un hombre sostenía un cuadro o estandarte con figuras y otro las explicaba con un puntero. El estandarte o cartel sostenido en el palo, por un lado llevaba pintada la Fiera Corrupia o la llegada al mundo de la gran bestia del Apocalipsis, y por el otro, las escenas de la vida de Candelas, el ladrón célebre, subdivididas en muchos cuadros, desde su primer robo hasta que le agarrotaron en el Campo de Guardias, de Madrid.

El del puntero vendía papeles verdes y rojos y explicaba las escenas del cartel. En la llegada de la Fiera Corrupia al mundo se amontonaban muchas de las tonterías y absurdos del Apocalipsis, con mil y un presagios para el porvenir, a cual más ridículos.

En la vida de Candelas había menos necedades.

El del puntero comenzaba su relación dirigiéndose a los padres que tenían hijos, poniéndoles el ejemplo de Candelas, de adonde conducen la mala conducta y las malas compañías. Al final, señalando la última escena pintada, el hombre recitaba estos versos con una voz mortecina y triste: