Ya lo sacan de la cárcel,

lo llevan por la carrera,

hasta llegar a la plaza,

donde turbado se queda.

A Alvarito le recordaban aquellas pinturas horribles las figuras de cera de Chipiteguy y las contempló largo rato. Después estuvo oyendo las explicaciones de un charlatán que vendía todo a real y medio la pieza. Era, indudablemente, un hombre listo. Mientras tenía en la mano una cosa cualquiera le daba un aire de ser buena y al ir a otras manos, como por arte de magia, se convertía en algo sin valor. Los aldeanos, a pesar de su cazurrería y de su desconfianza, se quedaban maravillados, como pensando en qué consistiría este sortilegio.

Miraban lo que habían comprado atentamente; a veces hacían un gesto de desagrado o de resignación. Quizá algunos no protestaban para no pasar por tontos y otros dejaban con malicia que el compañero cayese en el mismo lazo que ellos.

Alvarito oyó muy entretenido al hombre del baratillo.

Al volver a la posada preguntó al viejo, padre de la posadera, cómo iría más seguro y mejor a Molina de Aragón.

—Aquí para —le dijo el viejo— un arriero, a quien llaman por mal nombre Malos Ajos, porque es bastante mal hablado, y mañana por la mañana va a Molina.

—¿Es buena persona?