El viejo se encogió de hombros.

—Creo que sí; no sé que haya robado a nadie. Al menos con trabuco. Quedarse con algo, si ha podido, me figuro que se habrá quedado. Va también con él ese estudiante de cura que estaba ayer aquí que se llama Tiburcio Lesmes. Ese sí es un buen peje; un granuja de marca mayor. Suele llevar siempre barajas marcadas e invita a jugar y le saca los cuartos a cualquiera; pero otras fechorías no hará, porque es cobarde como una liebre.

Habló Alvarito a Malos Ajos, quedó con él de acuerdo y por la mañana entró en su carro para ir a Molina en compañía del arriero y de Tiburcio el estudiante.

A la salida del pueblo se encontraron con un lañador, con su taladro y sus alicates, sus alambres, un berbiquí y un saco. Era hombre muy desharrapado, muy sucio, con una manta destrozada y calañés en la cabeza. Sus ojos claros y su tez oscura le daban aire de gitano. Era de los que gritan: A componer tinajas y artesones, barreños, platos y fuentes.

El lañador, conocido de Malos Ajos, pretendió entrar en el carro.

Alvarito notó que olía muy mal y se lo dijo, lo que produjo la cólera y el refunfuñamiento del gitano.

El tío Malos Ajos era un pedante. La enfermedad de la pedantería es frecuente en Castilla, y además, incurable.

El tío Malos Ajos había tañado a Alvarito, considerándolo un infeliz, a quien podría explotar, y como mala persona se decidió a ello sin escrúpulo.

—Hace usted bien —dijo el arriero a Alvarito— en ir con gente de confianza, porque este camino es poco seguro. Aquí, no muy lejos de Sigüenza, cerca de la Venta del Puñal, entre Grajanejos y Almadrones, mataron hace un mes a un amigo mío.

—Por esa misma época —dijo el estudiante Tiburcio—, un grupo de vagabundos y de ladrones desvalijaron una casa de aquí cerca.