Al poco rato, Malos Ajos añadió, señalando un recodo:

—Ahí mismo mataron a un viejo que volvía de la feria.

—¿Ahí? —preguntó Álvaro con indiferencia.

—Ahí mismo. Un poco más lejos le robaron a un recluta que volvía al pueblo.

—Y en aquel cerrillo, según dicen —agregó el estudiante—, se le apareció un fantasma a un ermitaño.

Alvarito notó la intención de asustarle y se puso en guardia.

—¡Bah! —dijo de pronto—. Yo no tengo miedo a los ladrones, al revés; estoy tan desesperado, que me alegraría que salieran para matarme con alguien. No me pueden robar, no llevo un cuarto en el bolsillo.

—¿Y cómo sale usted de casa sin dinero? —preguntó el estudiante.

—El dinero lo tengo que recoger en Molina. No llevo un cuarto; en cambio tengo unas pistolas que hay que verlas.

El arriero, el estudiante y el gitano se miraron uno a otro con sorpresa.