Comieron en el camino. Dos o tres horas antes de llegar a Maranchón el cielo comenzó a ponerse negro como la tinta y empezó a relampaguear y a tronar. La tormenta fue de gran violencia.
Gruñía la tempestad, silbaba el viento y los rayos iluminaban el campo con sus zigzags cárdenos. Con redoble de lluvia y de granizo llegaron a un parador solitario, se acogieron corriendo a él y se metieron en la cocina.
Alvarito observó que tanto el tío Malos Ajos como Tiburcio Lesmes y el lañador gitano eran muy cobardes; temblaban cuando tronaba fuerte. Alvarito se acurrucó en un rincón y notó poco después que el estudiante intentaba investigar en sus bolsillos. Comprendiendo que la mansedumbre resultaría peor que la violencia, a la segunda investigación se levantó y pegó un puntapié al estudiante, que comenzó a chillar. Luego se abrochó bien la chaqueta y se dispuso a hacer como que dormía.
Poco después el estudiante le dio una palmada en el hombro.
—¡Eh! Usted, joven —le dijo—, ¿quiere usted echar una partida? —y sacó unos naipes.
—No —contestó Alvarito.
—¿Y por qué no?
—Porque no me da la gana y porque estoy cansado.
El tío Malos Ajos, sorprendido de la entereza de Alvarito, le miraba con asombro.
Jugaron Malos Ajos, dos arrieros y Tiburcio a las cartas, y al final del juego se acusaban unos a otros de tramposos y de jugadores de ventaja.