Después de cenar, el ventero dijo que disponía de pocas habitaciones. Tiburcio tendría que dormir en el mismo cuarto que Álvaro. Álvaro aseguró que prefería dormir en el pajar.

El ventero le mostró el pajar a Alvarito y este entró sin luz y se tendió en el suelo.

Había un agujero en la pared por donde entraba el viento helado.

—¡Qué frío hace aquí! —exclamó Álvaro.

—Esta es la venta del Mal Abrigo —dijo un arriero que estaba tendido en el suelo, con la cabeza liada en una manta.

Alvarito se deslizó hasta un rincón y se dispuso a pasar la noche sentado.

A poca distancia de él cuchicheaban dos personas en murmullo apenas perceptible, como el de un chorro de agua lejano.

¿Quiénes podían ser?

Alvarito aguzó el oído. Le parecieron las voces de Malos Ajos y del gitano. Uno de ellos decía que Alvarito era un tonto, que iba a cobrar unos dineros en Molina y que lo debían de coger y meterlo en cualquier lado y mandar a alguien a cobrar.

Alvarito, inmediatamente de oír esto, salió despacio al corral, se acercó al carro de Malos Ajos, cogió su maletín, abrió la puerta y salió al camino.