Realmente, aquella era la Venta del Mal Abrigo, como decía el arriero, si es que no era el puerto de Arrebata Capas.
Valía más ir por la carretera.
Tronaba, pero no llovía; las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo. El aire venía cargado de olores aromáticos.
—Adelante —se dijo—. Cuanto más lejos, mejor; adelante.
Fue marchando de prisa por un páramo estéril y pedregoso, muy contento, hasta llegar a un pueblo: Maranchón.
Entró en una posada; junto a un hermoso fuego se calentó y se fue a la cama.
Durmió de un tirón hasta muy entrada la mañana.
En Maranchón, pueblo de vendedores de caballos y de cerdos, se tiritaba de frío.
Quedaban también allí recuerdos de Balmaseda. En 1836, el cabecilla, después de sorprender a la guarnición liberal del pueblo, se dedicó a una terrible matanza.
A la mañana siguiente, el arriero Malos Ajos y Tiburcio se presentaron a Alvarito en Maranchón y le preguntaron por qué causa se marchó, dejándolos.