En vez de niño, la vieja llevaba un saco negro en los brazos.
Al acercarse a ellos, Alvarito y el Peinado, el hombre les pidió una limosna. Era ciego, de aire trágico y terrible, la cara llena de cicatrices, el aspecto enfermizo y un pañuelo atado con cuatro nudos a la cabeza.
La vieja, vestida de negro, arrugada y seca como un sarmiento, miraba con sus ojos brillantes como dos azabaches.
Alvarito dio al ciego una moneda de cobre, siguieron marchando y llegaron a Orihuela. La posada de Orihuela era grande, encalada, con zaguán ancho, seguido de un pasillo y puertas azules. El Peinado conocía a la posadera; la encargó la comida y se fue a dar de comer a sus mulas a la cuadra. Entre tanto, Alvarito anduvo por la posada y bajó al zaguán.
Al poco rato apareció el ciego del camino con la vieja. Llevó ella el borrico a la cuadra, el hombre dejó la guitarra en un rincón, se sentó en un arca del zaguán e hizo rápidamente su tocado. Se quitó el pañuelo de la cabeza, se puso chaqueta nueva, se caló un sombrero de zaranda, alto, ya destrozado y comenzó a picar tabaco con un cuchillo.
Alvarito le observó: era hombre flaco, esquelético, amojamado, la cara atezada, negruzca, un ojo turbio y el otro como una cicatriz; patillas entrecanas; el pelo gris, fuerte y lustroso. Hablaba de manera muy insinuante, vestía traje negro, raído, pantalones cortos y alpargatas.
Emanaba algo extraño aquel tipo y Alvarito preguntó a la posadera:
—¿Quién es este hombre?
—Es un hombre que canta y toca la guitarra. Además es saludador.
—¿Saludador? No sé lo que es eso.