—¿Usted las entiende?
—No; pero dicen que por eso no dejan de tener eficacia.
—¿Y usted cree que cura de verdad?
—Eso aseguran. ¿Usted dónde vive?
—Yo vivo en Francia, en Bayona.
—¡Hombre! ¡En Bayona! Yo he oído decir a uno de la partida que en Bayona se venden demonios familiares, metidos dentro de una caña, con los que se consigue lo que se quiere. ¿Será verdad?
—Yo no he oído nunca eso —contestó Alvarito.
—Yo lo he oído, pero no comprendo lo que pueda ser.
La madre del saludador se acercó a su hijo a decirle que le llamaban. La mujer no parecía mucho más vieja que él; era harapienta, escuálida, siniestra, de color amarillo oscuro. Sin duda colaboraba en los engaños de su hijo. ¡Qué par de figuras de cera y qué par de personajes para una Nave de los Locos!
Llegó el Peinado; Alvarito se separó del saludador y fue a comer al piso principal, en compañía del arriero, a un cuarto grande, blanqueado, con un friso de añil y vigas azules en el techo.