Aquel que con tanta gloria
anda enseñando el Francés,
la Gramática y la Historia,
y los dedos de los pies.
El Peinado conocía a todos y presentó a Álvaro en la reunión.
Entre ellos charlaba un hombrecillo flaco, chato, tostado por el sol, con calañés en la cabeza, de mal aspecto, con los ojos torcidos, que parecía un chino. Este hombrecillo sorbía de cuando en cuando un poco de aguardiente de una copa.
El hombre aquel hablaba muy bien. El Peinado dijo que era de oficio tejedor. Le llamaban el Epístola. Había vagabundeado por España y vivido y trabajado en Lyon.
Quizá por cierto aristocratismo estético, después de todo natural, Alvarito se figuraba que un tipo pequeño, feo y negro no podía ser tan inteligente como el bien hecho, guapo y rubio.
Cometía el Epístola, al hablar, faltas no raras en hombre sin cultura. Decía, como el Peinado, diferiencia y ojecto, y pronunciaba muy a menudo Ingalaterra.
En la conversación, el tejedor se confesó sansimoniano, cosa para Alvarito poco recomendable. Álvaro concebía todos los sansimonianos como Palassou, el zapatero melenudo, vecino suyo, de la calle de los Vascos; es decir, como un tipo ridículo y extraño.