El Epístola explicó cómo las desigualdades humanas venían de la desigualdad económica, y cómo el ideal de la justicia distributiva sería la realización del programa sansimoniano, encerrado en esta frase: «A cada uno, según su capacidad; a cada capacidad, según sus obras».
—Todos creemos —le replicó Alvarito un poco rudamente— que la fortuna no nos da lo que merecemos; ¿quién va a calcular nuestros merecimientos y nuestras obras?
—Tiene usted razón, caballero —dijo el Epístola—; pero es el ideal.
Aquel hombre, aquel obrero, era un metafísico amigo de divagar, de disertar sobre las cosas de la vida. A pesar de que en ciertas cuestiones no estaba bien enterado, se veía que discurría como persona muy inteligente y que valía la pena de oírle.
Según el Epístola, uno debía vivir para todos y todos para uno. El individualismo constituía la muerte de la sociedad. La sociedad, cuanto más viva, era más colectiva y sentía más su cuerpo como algo único.
Alvarito se quedó asombrado al oír a aquel hombre explicarse tan bien.
El tejedor indicó cómo creía él iba a transformarse la agricultura y la industria en España.
El boticario del pueblo dijo repetidas veces al Epístola:
—Aquí todos somos perezosos, descendientes de los moros, y tú no nos convencerás de que debemos trabajar ni pensar.
Según el tejedor, la guerra carlista era en el fondo la lucha del campo contra la ciudad.