—La ciudad quiere cambiar, agitarse y hacer ensayos —dijo—; el campo es siempre partidario de la inmovilidad, y lo viejo, por ser viejo, le parece respetable y adorable.
—¿Y no es así? —preguntó socarronamente el boticario.
—Para mí, no; lo nuevo, solo por ser nuevo, es siempre mejor.
La guerra había venido muy bien, según el Epístola a los locos impulsivos, aventureros y sanguinarios, que no tenían ya Américas que explotar. Todos estos tipos de españoles a la antigua seguían una línea de ambición individual. Espartero, Zurbano, Narváez, León, los carlistas convenidos en Vergara, y aun los no convenidos, como Cabrera, en seis o siete años lograban convertirse en personajes.
La guerra carlista había sido una sangría; todo el elemento activo de España se lanzó al campo, a prosperar ellos y a destruir el país.
—Se ha matado lo que se ha podido —siguió diciendo el Epístola—; se ha quemado igualmente con profusión; ahora España no tiene ganas de trabajar, ni ideal ninguno; ¿qué quiere usted que hagan estos guerrilleros?; si pudieran, inventarían otra guerra por un quítame allá esas pajas, y el hijo del carlista aparecería como republicano o como cualquier cosa; la cuestión, naturalmente, sería pelear, no quedarse en un sitio, andar de una parte a otra y probar la suerte.
—¿Usted no cree mucho en las ideas? —preguntó Alvarito.
—Las ideas han sido un pretexto: la legitimidad, la religión, cierta tendencia de separación en las pequeñas naciones abortadas, como Vasconia y Cataluña; pero en el fondo, barbarie. Después de estos fulgores de locura y de fanatismo, como un cuerpo enfermo después de la fiebre, España ha quedado casi muerta, y el individualismo se ha ensanchado de tal manera que no se nota la sociedad. Desde que la Iglesia ha perdido su asentimiento universal todo el mundo tira a Robinsón en esta tierra. El pobre se muere en un rincón sin ayuda ninguna, el rico se encierra en su propiedad a tragarse lo que tiene sin ser visto, el obispo ahorra su sueldo para la familia y el cura recoge las migajas del suelo. De tragadores ahítos y de lameplatos hambrientos sin placer y sin gusto, de esta clase de gente se compone hoy España. Nuestra tierra es un organismo desangrado y anémico, no por esta guerra, sino por trescientos años de aventuras y de empresas políticas. Es, además, país pobre, sin ríos navegables, sin lluvia suficiente. Es lo primero que debía reconocer España ante el mundo, que es un pueblo pobre, zarrapastroso, que se zafa de todos los compromisos y que quiere vivir para él solo. Nuestra casa es una casa mísera que ha gastado mucho y tiene que vivir ahora en la máxima estrechez. Además, no conocemos nuestra tierra. Ahora vamos sabiendo un poco de Geografía de la nación.
El Epístola bebió un sorbo de aguardiente y siguió diciendo:
—¿Qué ha pasado para que haya este vacío en la aldea y en la pequeña ciudad española? En estos pueblos, si se ha fijado usted, no hay sociedad, no hay jardines, no hay libros, no hay religión, no hay amores, no hay complicaciones, no se come ni se bebe bien. España no tiene cabeza. Madrid no se nota apenas en las provincias y las provincias no notan Madrid más que cuando hay asonadas o pronunciamientos. Se ve que nuestro país es un cuerpo débil, con la cabeza débil.