—Es la guerra.

—Claro, es la guerra. Todo el elemento vivo y enérgico se ha empleado en estos últimos años en la guerra. No se sabía lo que iba a pasar; pero había ilusiones que se han desvanecido. Los compradores de bienes nacionales, aunque por un lado desean que no haya frailes, por otro los quieren, y esto va a terminar por favorecer nuevas comunidades, probablemente a los jesuitas, que por otra parte no tienen derecho a recuperar nada. Hoy, los conventos están vacíos; los exclaustrados piden limosna y nadie los atiende; si va usted por los pueblos de España verá usted que todos los conventos están convertidos en cárceles y cuarteles. Aquí, a este pueblo, corresponden un obispo, ocho canónigos y quince beneficiados. Casi todas las plazas están vacantes. ¿Esto quiere decir que no hay religión? Yo creo que estamos como los enfermos débiles, que han perdido mucha sangre. No tenemos idea clara de lo que queremos.

—Indudablemente, la despoblación de España influye mucho en este marasmo —dijo Alvarito.

—¿Pero esto es un efecto o es una causa? —preguntó el boticario.

—No lo sabemos —contestó el Epístola—. Dos pueblos, a tres o cuatro leguas, están tan aislados el uno del otro, que no tienen apenas relaciones. Únicamente los carreteros y los guerrilleros conocen un poco el país; los que vivimos en los pueblos, a más de tres leguas a la redonda, ya no sabemos cómo es nuestra tierra. Con esta escasez de asuntos en la vida, el español actual está irritado. Las enemistades de los pueblos tienen los motivos más nimios. Un chico que haya tirado una piedra a un perro, un hombre que no haya saludado a otro, una mujer que haya cedido en la iglesia la silla a una vecina y no a otra, es motivo suficiente para enemistades que duran años. El que lee un periódico ya es un hombre ocupado.

—Es lo que me parece terrible de las aldeas españolas —dijo Alvarito—. No hay nada que hacer; es el vacío.

—Hay gente que vive una vida tan pobre, tan mísera, que no tiene huerta, ni libros; se pasa la vida haciendo solitarios o matando moscas. Ni comer ni beber —agregó el Epístola.

—¿Aquí se come poco también?

—Poco y se guisa menos. Alguien ha dicho que el hombre es el animal que guisa. Nosotros, los de estas regiones, debemos ser poco hombres porque guisamos poco.

—Pero yo creo que aquí no faltarán cocinas.