—No, claro es, pero guisoteamos poco; se hacen cosas fritas en una sartén, se comen verduras y ensaladas y se acabó. El único placer es el de la fruta, cuando la hay. Para gente que vive así, naturalmente, una ocasión de guerra es algo admirable.

El Epístola siguió hablando, divagando, siempre con originalidad. Alvarito le miraba a veces asombrado: que aquel hambre chato, feo, moreno, con aire de chino, sin cultura, que no había leído más que unos cuantos periódicos en toda su vida, se explicara de una manera original, le parecía un fenómeno maravilloso, algo como un milagro.

V

LA CASA DEL GENERAL

Al día siguiente de llegar a Albarracín, el boticario invitó a Alvarito a ir a la casa mejor del pueblo, la del general Navarro. Era una visita casi oficial para los forasteros distinguidos. La casa de Navarro, en la calle mayor, daba por la parte de atrás a la muralla y dominaba las rocas del río sobre el barranco del Guadalaviar.

Era una casona grande, con habitaciones inmensas, blanqueadas, con zócalos azules y vigas del mismo color en el techo, con los suelos de ladrillo rojo y algunos de tierra mezclada con cal. Tenía patios, corrales, escaleras estrechas, un pozo y una porción de rincones y de cobertizos. La cocina de la casa, inmensa, con el suelo de tierra apisonada y una chimenea enorme, estaba cimentada sobre una piedra de la antigua muralla del pueblo.

Ocupaban el primer piso varias salas, y entre ellas una grande, medio biblioteca, con huecos de balcones a una galería. En la barandilla de hierro de esta, el padre de Navarro había hecho muescas con números y letreros para indicar hasta donde llegaba el sol en diferentes épocas del año y a distintas horas.

En este salón biblioteca, el general Navarro tenía algunos libros de Geografía y de Historia de América, varias obras que trataban de la guerra de la Independencia española y distintos mapas en las paredes con cruces pintadas, rojas y azules, indicadoras de la marcha de los ejércitos y de las batallas.

El general pretendía haber sido hombre importante y guardaba todos los documentos de bandos y órdenes firmados por él en su vida pública en varias carpetas.

El salón tenía un aire oficinesco y burocrático; los sillones, las sillas, el sofá, las mesas y dos armarios, todo era negro.