Desde la galería de esta sala se veía muy abajo el álveo del Guadalaviar, como un barranco con calizas de ocre amarillento; el río, verde en el fondo, con un color gelatinoso, y las orillas con muchas huertas.
Don Joaquín Navarro, hombre viejo, derecho, estirado, con peluca, con el bigote y la perilla teñidos, vestido de negro, había llegado a mariscal de campo. Militó en la guerra de la Independencia a las órdenes del conde de España, y después, en América, con Canterac.
El general estuvo largo tiempo separado de su mujer y después reñido con su hija, por haberse casado esta con un pobre hombre sin recursos.
Don Joaquín Navarro se sintió artista al volver a su casa, retirado, y pintó en las paredes muchos frescos sin maestría, pero con cierta gracia.
Representó varios paisajes con molinos y puertos y una batalla naval entre ingleses y españoles. Se retrató también él mismo en uno de sus frescos en actitud amanerada, como la mayoría de los héroes de la guerra de la Independencia, jinete en un caballo encabritado al lado del puente levadizo de una fortaleza española en América. Todas aquellas pinturas produjeron gran admiración en el pueblo.
Otras originalidades caracterizaban al general. Arregló en la casa un teatro y una capilla.
Como don Joaquín tenía ideas propias, mandó construir una especie de canal de albañilería entre la capilla y su alcoba para oír misa desde su cuarto y quizá desde su cama. El general oía misa canalizada.
Don Joaquín Navarro se sentía un sátrapa, un bajá.
A veces daba funciones de teatro en su casa, sintiéndose gran señor, y recibía a las damas y a los caballeros con una cortesía pomposa de virrey español en América.
El general Navarro, absolutista acérrimo, no sentía simpatía por el carlismo. Los desórdenes producidos por los carlistas le irritaban y la genialidad de Cabrera le ponía fuera de sí. Un gobierno burocrático, despótico, de palo, hubiera encantado a Navarro. Para él, la ordenanza, la disciplina, era lo principal.