Dos años antes, cuando Espartero estuvo en Albarracín, quiso albergarlo en su casa, pero el caudillo liberal pasó de largo. Desde entonces Navarro fue enemigo de Espartero. Cabrera y Espartero le parecían lobos de la misma camada. El general, como el hombre de más significación de Albarracín, a pesar de no tener ningún cargo, creía que su categoría en la milicia le daba autoridad y que debía ejercerla.
En el pueblo vivía un compañero de armas de Navarro, militar retirado de América y Filipinas: el comandante Cañizo, hombre viejo, solitario y silencioso.
El comandante, viudo, con una hija, muchacha muy bonita, vivía en el barrio alto.
Cañizo, hombre de sonrisa triste y tez amarillenta, era partidario decidido de la renunciación.
—¡Pse! Lo mismo da, todo es igual —decía—. Para lo que va a vivir uno.
Solía ir por las tardes a casa de Navarro, pasaba al despacho, leía algún periódico, contemplaba el Guadalaviar horas y horas y las huertas próximas al río.
Cuando oía al general Navarro hacer alguna descripción enfática de las batallas de América, Cañizo se burlaba y se encogía de hombros.
—Allí no ha habido más que política —murmuraba—. Todo lo que se ha hecho como estrategia o táctica militar no ha valido nada.
El general, impulsado por su egoísmo, vivía alejado de todos los cuidados familiares y caseros. Algunos le reprocharon su indiferencia y le echaron en cara el mal fin de sus nietos.
Fue un verdadero drama la vida de los nietos de Navarro, hijos de la hija del general y de un pobre hombre oscuro, secretario del Ayuntamiento de un pueblo de la provincia de Cuenca. Los nietos eran dos, Antón y Pedro. Uniendo el apellido del padre y de la madre se llamaban Gómez Navarro.