Pedro, el mayor, se caracterizó por su prudencia y por su genio apacible; el menor, Antón, se mostró siempre decidido y violento, partidario de exageraciones y de locuras.
Al morir el padre de estos niños, los dos, con su madre, marcharon a Albarracín a la casa del general y poco tiempo después, cuando contaban el uno doce y el otro quince años, quedaron huérfanos. El general les puso para su cuidado una criada vieja.
Desde la infancia existió rivalidad entre Antón y Pedro.
La hija del general, madre de los niños, aseguró un día, estando enferma, que en un sueño se le reveló que su hijo mayor, Pedro, iba a ser obispo y santo. Por este sueño se envió a Teruel a estudiar en el seminario al hijo mayor.
Pedro pasó en el seminario dos años y al comenzar la guerra volvió a Albarracín sin deseo ninguno de seguir la carrera de cura.
Antón, mientras tanto, muchacho de gustos violentos, jugó en la casa a los soldados, hizo pistolas y cañones con llaves viejas y con saúcos y llegó a ganar la simpatía del abuelo, toda la simpatía posible en un viejo egoísta que detestaba a los chicos.
Cuando Pedro volvió del seminario, después de muerta su madre, se manifestó tranquilo y con deseos de establecer algún pequeño comercio. Antón seguía siendo bárbaro y arrebatado y quería en todas ocasiones mandar.
El general no se ocupaba de sus nietos, nadie les atendía, el pueblo marchaba a la ruina y la época era detestable para intentar ninguna empresa.
La vida de los dos mozos en aquella época fue casi salvaje; iban a cazar a las tierras de los madereros, se pasaban los días en el campo y reñían a todas horas.
Por aquel tiempo, Pedro y Antón fueron rivales. La hija del comandante Cañizo, entonces un poco más joven que ellos, era muy bonita y los dos hermanos se enamoraron de la muchacha.